FELICIDADES, DIJO LA ORCA (por Raúl A. Contreras)

Para Matrona drow.

Feliz cumpleaños.

La calle donde vivía con sus padres olía a pescado. En eso iba pensando Carlos mientras giraba la esquina, volviendo a casa de madrugada. Había sido una memorable vigilia a su decimoctavo cumpleaños. Las drogas, que se había metido en la boca sin pensarlo dos veces al empezar la fiesta, aún chisporroteaban ante sus ojos. Le gustaba esa sensación, se dijo mientras abría la puerta de su casa. Esa sensación que ya tantas otras veces había probado. Pensó que ese fuerte olor a pescado que se olía en toda su calle echaría a perder su viaje alucinógeno, pero no fue así.

     Carlos se metió en casa sin encender las luces. El hediondo olor a pescado podrido, aun dentro, le abofeteó la cara. Eso fue lo primero que sintió al poner un pie en el vestíbulo. Debe haber una ventana abierta, pensó. Caminando despacio fue hasta su habitación, intentando no despertar a sus padres. Cerró la puerta y se echó sobre la cama. Cada vez que cerraba los ojos aún podía disfrutar de los rescoldos de las alucinaciones. Pequeñas luces se agitaban y titilaban tras sus párpados. Abrió los ojos. El reloj marcaba las seis y media. Oyó a alguien moverse en la habitación contigua. Sábanas abriéndose. Tos. Alguien levantándose de la cama. «Mierda» se dijo. «Ya he despertado a papá». De repente, surgió en él un extraño sentimiento de pavor. Un sentimiento agobiante que se iba acrecentando cada vez más, no solo porque el nauseabundo olor a pescado empezaba a invadir todo su cuarto de forma notable, sino porque, sin el menor atisbo de duda, los pasos de su padre eran más lentos y sonaban extrañamente más pesados que de costumbre. Y estas dos cosas, sin Carlos saber por qué, le estaban erizando todos los vellos del cuerpo. Quizás la droga le pusiese nervioso. «Espero que papá no esté molesto por haberle despertado» se dijo, tratando de tranquilizarse por todos los medios. Al fin y al cabo su padre no se enfadaba con facilidad. El corazón le latía con fuerza cuando vio girar el pomo de la puerta y, antes de que nadie entrase, se acurrucó bajo las sábanas de espaldas a ella, como un niño pequeño. Tomó una bocanada de aire llena de expectación y sabor a pescado podrido mientras escuchaba los pesados pasos dentro de su habitación. De repente, la voz amable de su padre, y su peso al sentarse en la cama. Debía estar menos sobrio de lo que pensaba, porque la percepción del peso y el sonido que le llegó no era para nada lo esperado. Su padre no sonaba ni pesaba como su padre. Era extraño, pero parecía pesar mucho más. Y hablaba distinto, más atiplado.

     —Felicidades, cariño —dijo con una voz estridente e irreal—. ¿Ahora llegas?

     —Sí, papá. Me quedé tomando algo hasta tarde con mis amigos —respondió Carlos, tratando de silenciar su agitación, aún de espaldas a su padre.

     —Pues no te duermas. Ven, dame un beso y levántate, que te enseñaremos tu sorpresa de cumpleaños.

     Cuando Carlos se giró para dar un beso a su padre, y se detuvo a observarle, algo se desgarró en su interior. Miraba con confusión mal disimulada mientras trataba de procesar la imagen y la angustia se apoderaba de él. Notaba el corazón golpeándole con fuerza en el pecho y la boca seca. Sin poder apartar la vista de su interlocutor, una horrible revelación se adueñaba de su mente: papá no era papá.

     «¿Qué es eso?» se preguntó Carlos. «Eso» era grande y negro. Y no parecía un ser humano. Sin cuello. Con forma de pez, arqueado sobre su enorme cola, mirándole de frente en una postura extraña. De pronto lo comprendió: era una orca lo que le devolvía la mirada. Con la boca manchada de sangre de pescado seca. Una mueca de terror se abrió paso en la cara de Carlos y el monstruo le preguntó:

     —¿Qué te pasa, hijo? ¿No te encuentras bien?

     El olor a pescado que salía de ese ser con cada palabra que pronunciaba era abrumador. Carlos estaba completamente paralizado. Nada de eso podía ser real. Notaba sus sienes presionándole la cara con cada latido. Y, de golpe, un tranquilizador pensamiento cruzó su mente: «he tomado un alucinógeno, y estaba nervioso cuando papá entró. Y todo me huele a pescado. Está claro que estoy alucinando. Mejor que me tranquilice. Ese es solo mi padre». No había otra explicación. Intentó suavizar su cara de espanto y, mientras se acercaba a dar un beso de saludo, contestó:

     —No me pasa nada, papá. Ahora me levanto.

     Sintió la piel áspera y húmeda de esa criatura rozando su mejilla. Aquel terror marino no se movió, ni apartó la vista de su hijo. Carlos se sentía observado mientras salía de la cama, se ponía unos pantalones limpios y se quedaba de pie ante su abominable padre. La criatura le susurró con su voz estridente:

     —Ve al comedor, ahí te daremos tu sorpresa cuando mamá acabe de preparar el desayuno. Seguro que ya se ha levantado.

     Una punzada de miedo y confusión le atravesó el espinazo, pero caminó el largo pasillo hasta el comedor. Mientras lo recorría, trataba de convencerse de que todo estaba siendo un mal viaje; una creación de su mente. Sintió una gran desazón cuando vio que su pesadilla continuaba en el comedor. Este, normalmente una estancia larga con una mesa en el centro y sofá al fondo, con dos sillones a los lados, uno de cara y el otro de espaldas a la puerta, con las paredes desnudas, ahora tenía una viga en la entrada a unos pasos de la puerta que jamás había visto y, tanto de ella como del dintel de la puerta, colgaban herrumbrosas cadenas. De cada una pendían afilados ganchos cubiertos de sangre y de una sustancia negra parecida al alquitrán que, a su vez, manchaba las paredes aquí y allá. La misma sangre goteaba hasta formar charcos en el suelo y pequeñas gotitas contrastaban en las paredes con esa sustancia negra y espesa. Se dio la vuelta para volver sobre sus pasos, pero vio a la monstruosa orca mirándole desde la puerta de su habitación y se lo pensó de nuevo. La voz de su madre, a su espalda, vino de la cocina, contigua al comedor. Le sobresaltó primero y, después, le tranquilizó.

     —Felicidades, cariño. ¡Espera, que te queremos dar tu sorpresa!

     Le tranquilizó que su madre sonase como debía sonar. Algo se le ocurrió: quizás ver a su madre pudiese romper el embrujo de esa mal sueño como si de un castillo de naipes se tratase. Una ráfaga de normalidad que le devolviese la cordura y le alejase de esta experiencia psicótica. Comprendió que, en ese instante, amaba a su madre por encima de todas las cosas.

     —¡Estoy en la cocina, ahora salgo! —continuó diciendo.

     La confianza de Carlos se acrecentó ligeramente. Entró en el comedor pisando con fingida despreocupación los charcos de sangre y se sentó en uno de los sillones que delimitaban un sofá de dos plazas, aparentando normalidad. Escogió el que estaba encarado hacía la ventana, de espaldas a la puerta, con la intención de ver la menor cantidad de salón posible. Tampoco quería seguir viendo el monstruo en que se había convertido su padre. Ahí dentro el ambiente era asfixiante, pero Carlos se esforzaba en repetir para sí mismo que todo era por culpa de las drogas. Seguía hediendo profundamente a pescado podrido, como si el olor estuviese pegado a las paredes. La humedad en el comedor era inaguantable y sofocante. Y la sangre. «No puede ser real» se dijo mientras, nerviosamente, se oía chapotear en uno de los charcos con el pie. Mientras trataba de sobreponerse a su alucinación oyó como su madre salía de la cocina, a su espalda. Un «dame un beso, cariño» sonó detrás de él y este se giró aliviado. Le llevó un momento de confusión comprender que ante él había otra monstruosa orca. Se desplomó en el sofá, que ahora se encontraba a su espalda, como si alguien le hubiese empujado, antes de poder contestar. Al parecer, su plan para salir de ese terrorífico mal viaje no había funcionado. Aún estaba atrapado en ese delirio. Intentó no ponerse nervioso, que el horror no se reflejase en su cara, pero la pregunta que profirió esa pesadilla no dejaba lugar a dudas:

     —¿Qué te ocurre, hijo? ¿Te encuentras bien? —Notaba su expresión.

     «¡No!» pensó. No se encontraba bien. ¿Quién iba a encontrarse bien después de aquello? Por segunda vez le preguntaban lo mismo: estaba claro que su cara era un reflejo de que algo no iba bien. Y todo era muy raro. Había tomado alucinógenos montones de veces, antes, y la experiencia nunca había sido ni remotamente parecida a esto. Todo lo que veía daba la impresión de ser muy real. Y se sentía despejado, después de tantas emociones, como si se hubiese tomado tres cafés, no embotado como cuando las drogas le golpeaban el cerebro. Algo no encajaba. Y, además, estaba ese olor a pescado que también exhalaba su madre.

     De pronto:

     —Ven deprisa, cariño —chilló esta, en dirección a la otra orca.

     Carlos esperaba que continuase su alarmada frase con un «creo que le ocurre algo al niño», pero lo que dijo fue muy distinto. Se giró lentamente hacia Carlos y musitó, desafiante:

     —Creo que ya lo sabe.

     Carlos sintió como se le helaba la sangre, paralizado sobre el sofá, mirando confuso la escena. La otra orca había llegado y le miraba fijamente.

     —Pues que lastima que se fastidie la sorpresa —comentó su padre con esa voz estridente.

     —¿Qué sorpresa? —dijo Carlos, de forma mecánica. Aún intentaba fingir normalidad.

     —Parece mentira que todavía no te hayas dado cuenta después de tantos años, hijo —bufó su madre, con un deje de impaciencia—. Papá y yo no somos tus verdaderos padres. Nosotros te adoptamos.

     La confusión golpeó a Carlos. No por la noticia en sí misma, sino porque esperaba una revelación relacionada con lo que estaba viendo. Algo que explicase todas esas monstruosidades, ese delirio. Tardó unos instantes en procesar lo que su madre había dicho. Y de repente se le ocurrió una idea, algo que lo explicaba todo: podría ser que, inconscientemente, ya supiera esa noticia y las drogas, simplemente, hubiesen cambiado a sus padres por esos seres desconocidos, como una especie de metáfora lisérgica. Era una locura, pero también la única explicación que se le ocurría. Cómo si el ácido tratase de explicarle que esos padres eran, biológicamente, unos «extraños».

     Pero su padre cortó en seco sus elucubraciones:

     —Mamá dice la verdad. No somos tus progenitores. Ni siquiera somos humanos. Somos dos orcas —confesó, dando al traste con los intentos de Carlos por explicar lo que estaba sucediendo—. Asesinamos a tus verdaderos padres y nos quedamos contigo. Te criamos, disfrazados, cubiertos de asquerosa y maloliente piel de humano, esperando este momento.

     —Durante años te alimentamos, te vestimos, te cuidamos, te llevamos al colegio... Estábamos impacientes por que llegase tu decimoctavo cumpleaños —continuó su madre.

     —¿Nunca te preguntaste por qué era tan importante para nosotros, esta fecha? Llevamos años recordándote que algo grande pasaría cuando tuvieses dieciocho. ¿Realmente pensabas que era porque te ibas a convertir en «adulto»?

     Carlos quedó completamente turbado. Anclado al sofá. Miles de preguntas se agolpaban en su cabeza, y el nervioso golpeteo de su corazón contra las costillas no le dejaba discurrir con claridad. Pensar en lo que estaba pasando cubría su cuerpo de un sudor frío. No fue hasta unos segundos después que se le apareció como un letrero luminoso en su mente la única pregunta con sentido: «entonces, ¿qué pasa en este cumpleaños?». Cómo leyéndole la mente, su madre continuó:

     —Después de adoptarte, papá y yo decidimos que te cebaríamos hasta tu decimoctavo cumpleaños. Y que ese día nos daríamos un festín contigo. Hemos hecho una gran inversión. Y pensamos recuperarla de una vez.

     Las sardónicas palabras de su madre no dejaban lugar ni tiempo a más preguntas. Estaba claro: tenía que huir. Se quitó de encima la parálisis que le mantenía sujeto al sillón, se puso en pie de un salto y, lanzándose contra las cadenas colgadas en la puerta, arrojando un grito, corrió hacia la salida de esa terrorífica casa. O lo intentó. Algo le detuvo cuando llevaba recorrido menos de un metro de pasillo. Un lacerante dolor en el costado se apoderó de él cuando varios ganchos, que pendían de la puerta gracias a las oxidadas cadenas que acababa de apartar con su cuerpo, quedaron clavados entre sus costillas y le frenaron en seco, desgarrando su piel e hincándose en sus huesos y músculos por igual. Robándole el aire. Estaba atrapado. Los interrogantes, el dolor, la impotencia y el miedo lo asfixiaban. Quiso chillar. Quiso llorar pero no lo hizo. Carlos no podía entender nada, hasta que por fin lo entendió: no había nada que entender.

     —Felicidades —dijo la orca.

     Y lo último que vio fueron las fauces de su madre cerrándose sobre él.

FIN

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Comentario por Raúl Contreras el abril 15, 2021 a las 10:28pm

Hola, Tina:

Me alegra que te haya gustado. O recordado al pescado podrido, al menos. ¡Jejeje!

Muchas gracias a ti por tomarte el tiempo de leerlo y dejar un comentario. Espero, sinceramente, que el pescado te siga gustando tanto como antes.

¡Un abrazo!

Comentario por Tina el abril 15, 2021 a las 9:54pm

Ufff, hasta olia el pescado podrido, espero seguir comiendo pescado. Tienes relatos muy particulares, graciad por compartirlos.

Comentario por Matrona drow el abril 15, 2021 a las 8:51pm

Querrás decir cualquier biólogo DE BOTA que se aprecie. Yo presté atención en clases, y por eso no me mandaron a observar cacas de orcas.

Comentario por Raúl Contreras el abril 15, 2021 a las 8:46pm

Gracias, Matrona drow, por tus comentarios.

Decirte que la dieta y apetencia de las orcas por la carne humana es un dato bien sabido. Cualquier bióloga que se precie debería conocer sobre ellos. Ahí lo dejo.

¡Menor que tres para ti también! ;D

Comentario por Matrona drow el abril 15, 2021 a las 8:42pm

Menor que tres jejeje.

Yo creo que les hubiera salido más rentable a las orcas criar un cerdo ibérico patanegra cinco jotas 4K 1link mega, pero ellas sabrán. Yo es que instinto maternal no tengo.

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