Huy soy mala hierba


Un día de enero de hace ya muchos años, caminando por el campo, le pregunté a mi padre qué eran esas flores tan raras que había por todas partes.

Crecían en cada esquina, bajo las piedras; trepaban las tapias, dentro y fuera del jardín.

Crecían sin orden, por encima de las amapolas y entre los girasoles.

Siempre estaban ahí, sin importar el día, el mes o el año.

Ni siquiera las heladas de las primeras semanas del año las hacían desaparecer.

Eran diferentes, se agarraban al suelo con fuerza, como si supieran que tarde o temprano alguien vendría a arrancarlas.


Mi padre me explicó que no eran flores, sino malas hierbas. Plantas salvajes que nacen en cualquier lugar, justo donde nadie quiere que nazcan.

Y da igual que las arranques, volverán a crecer.

Me dijo que por muchas veces que intentes matarlas, siempre encontrarán la manera de salir de la tierra, sin importar lo que les planten alrededor.

Se adaptan al medio y se extienden sin prisa, pero sin pausa.


Supongo que él no se dio cuenta, pero aquella mañana de invierno mi padre me explicó algo que, años más tarde, comprendí: en la vida hay dos tipos de personas.

Los que viven cayéndose y los que viven levantándose.


Si lo piensas bien, ambas acciones, al fin y al cabo, nacen de un mismo proceso: para caerse hay que estar de pie y para levantarse de nuevo hay que haberse caído. Sólo cambia la parte con la que te quedas.

El enfoque lo es todo.


Cuando creces te das cuenta de que el mundo está lleno de gente dispuesta a dejarse regar. Ya sabes, flores de jardín que han aceptado que la vida es eso que pasa entre que te plantan y llega el invierno. Supongo que es respetable pensar que lo mejor que te puede pasar es terminar luciendo bonito dentro de un jarrón, en la esquina de una mesa donde a veces pegue el sol. No pasa nada, tiene que haber de todo y, en el fondo, también supongo que son esas personas las que hacen que la tierra siga girando.


Sin embargo, a medida que caminas, te encuentras con que existe otra clase de personas, que no entienden de macetas, que no suspiran por jarrones. Te gustarán o las odiarás, pero sin duda te darás cuenta de que están ahí, luchando por abrirse paso donde se supone que no deberían estar.


Siempre crecerán, en todas partes, trepando los muros que les corten el paso y disfrutando del paisaje que las amapolas solo pueden imaginar, aferrándose a sus sueños con fuerza, sin dejar que nadie se los arranque. Se hacen fuertes en el desastre y saben esperar pacientes a que llueva, levantándose una y otra vez.

Y da igual lo que pase, siempre encontrarán la manera de salir de la tierra, sin importar lo que les planten alrededor


Estas son, sin lugar a duda, las personas que ponen el mundo del revés.


Déjate de margaritas,
Mala hierba nunca muere.
De la red

Refrán: Mala hierba nunca muere.

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