El espejo invertido.

Relatos de la mentira


Parecería propio (y hasta didácticamente útil)

calificar en la mentira carácter de crimen o delito.

Con lo que admitiremos, luego,

el castigo como consecuencia de la mentira.


En términos generales…
Como todo concepto fabuloso

(en cuanto perdido en los anales del tiempo civil),

originado de la primaria desobediencia histórica,

la que produjo el cisma de la unidad Paraíso

en las dos fuerzas antagónicas esenciales

de “el bien” y “el mal”, tan dependientes

(en su definición y existencia) la una de la otra.

Ya sea como principio de argumentación, como elementos que desborden en una síntesis o como meros acontecimientos que se resolverán en una concatenación, sea aleatoria, reactiva o ambas.

En resumen: la identidad de la mentira

depende de la verdad.


Y aquí se va complicando el asunto.

Mientras parece fácil etiquetar algo como un engaño,

no lo es tanto estructurar y enunciar una verdad.

Probablemente por temor a la amenaza

del referido castigo,

elemento fundamental de La Ley,

imprescindible para regular la convivencia.

Si no estuviera de por medio la pérdida de la libertad

(con menoscabo de movimiento y manifestación),

del dinero (acumulado por esfuerzo de uno u otro tipo)

o de la misma vida (definitiva prueba de fe),

¿quién se comprometería con la grandiosidad de la fórmula

“decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad”?

¡Toda la verdad! ¡Eso acojona!

Vaya frase, buen gancho de situación para

los procesos judiciales de cine…


¿Basta con creer que algo sea verdad para que de verdad lo sea?

Según la fe, está claro que es suficiente el deseo, admitido como necesidad, por algo para que eso sea real (o sea, verdad).

En los tiempos siguientes a los primarios

(convenientemente dibujados de memoria),

cuando la fe era el centro del pensamiento,

cualquier asunto importante en litigio

se sometía al arbitraje divino, en indagaciones manifiestas

mediante los actos de verificación más extravagantes

–entre otros, inmersión súbita en agua, desmembramiento,

examen de las vísceras de un animal, combate armado

o sacrificio directo (en este último, claro, exposición

y veredicto resumidos en un único protocolo)–,

valorados todos más por su efecto letal

(latente o flagrante) que por su calidad analítica.


El triunfo del código científico se expresará, con precisión jerárquica y afán comprobatorio, en el Orden del Caos (o su dialéctica viceversa, reafirmante), la relatividad de lo definitivo, la computación del infinito.

Pero esta comprobación depende de los sentidos…

y, con sus limitaciones, estos “cinco” filtros han quedado para demostrar cuánto somos incapaces de percibir,

cuánto no podemos distinguir del “todo que nos rodea”,

siempre que, en su lugar, nos fiemos

(ay, ¿ha vuelto la fe? ¿nunca se fue?)

de tanto aparato construido con afanado ingenio y diligencia.

Como en todo buen teorema que se precie,

para llegar al perfecto

“lo que queríamos demostrar”, partimos de una

o varias suposiciones

(“si” a es tal cosa y b salió y llegó a c… y tal y tal),

explicables por sí mismas, partogenéticas.

Algo similar al “Soy El que Soy”,

usado tanto por Jesucristo como por Gloria Gaynor.


¿Fundamentalismo del No-Fundamentalismo?

Nuestra organización, bien empeñada en cumplir con su

“derecho a la búsqueda de la felicidad”,

decide desplazar el concepto de totalidad en un giro excéntrico, dejándonos tan desvalidos ante las fuerzas naturales determinantes como ante la voluntad (arbitraria o no, según la predisposición a la honradez de cada creyente) de una “entidad superior”.

O sea, ¿sólo sé que no sé nada4?

No tanto, no tan calvo, eh, hay que intentarlo.

Ah. Como toda acción bien supera a una descripción

(ya ni hablar del siguiente paso: la valoración,

o de su estado extremo: la explicación),

nadie negará que estamos mejor que en

los tiempos precedentes.

Somos más longevos, sobre todo en Japón.

Trabajamos menos

(cada vez menos, dirá algún malicioso,

aludiendo a la crítica coyuntura actual).

Hemos logrado fusionar la fe con la ciencia,

basándonos sobre todo en el desinterés

(y consecuente desconocimiento)

que tiene el seguidor de cada una de estas disciplinas

por los de la otra, solucionando la mecánica gestual

con la fórmula de la democracia.

Así, como “cada cual está en su derecho de pensar como quiera”, llegamos a lo que queríamos demostrar: nada es verdad ni es mentira, todo es según el color del cristal, etc. (Literatura coplera, elipsis charra).


Bueno, bueeenoooo…

Nos estamos perdiendo.

Es decir, soy yo (ya, ya) e

l que me estoy ídem

(mentirijillas, y pelillos, a la mar).
Aunque meridiano, casi definitivo, es, en su parte

(extraordinaria, sin duda),

el enunciado de Aristóteles (en Metafísica):
Decir de lo que es que no es, o de lo que es que no es,

es lo falso; decir de lo que es que es,

y de lo que no es que no es, es lo verdadero

nosotros acudiremos a la autoridad del Diccionario de la RAE (tan subutilizado en crucigramas y otras futiles distracciones), máxima moderna para precisar cualquier diálogo (que sí, ya sé que esto es un monólogo, pero usted, por su parte, puede hablar también solo:

en fin que muchas conversaciones transcurren así, un acuerdo de temperamento ansioso al ping-pong, que reparte, si acaso, el tiempo entre sucesivas declaraciones unilaterales, libres e independientes).

Leamos:

Mentira. De mentir. 1. f. Expresión o manifestación contraria a lo que se sabe, se piensa o se siente.

La definición es estudiada, consentida y paternal.

Estudiable.

Por eso nos pone un espejo frente al morro y nos deja para que, como pupilos adultos, nos la arreglemos por nosotros mismos. Con resolución, reniega del absolutismo y de su disciplina científica, el relativismo. (Con esto te digo nada y te lo digo tó.)


Aun así, nos atreveremos con la secuencia de un método, siguiendo las pautas de la mismidad misma de La Definición. Reflexionemos y luego, científicamente y en orden, vayamos buscando documentación probatoria. Cronológicamente.

1. Anunciación y sistema

Empezaremos por acotar la verdad de acuerdo con “lo que se sabe”: es decir, afiliados a la primera de las dos grandes corrientes (no, no, no… ¡nada de política!), discurriremos según la Fe (vs. La Ciencia), por donde no hay que argumentar nada, y la razón se recibe por ósmosis lumínica. Pero donde, ya que la energía de lo vocativo incluye la violencia expedita, es más necesario que nunca (tal como habremos de insistir más adelante) el Orden que garantice una (cierta) supervivencia.

Aunque sea induciendo el artificioso opening de una imaginería igualitaria (siempre que el método no se disperse demasiado en consideraciones, o intente convertirse en razón independentista), hay que decretar una verdad, absoluto no discutible que será la referencia para establecer los estatutos del contrato. De esta forma podremos obtener un comportamiento, y de él un catálogo para enlazar armónicamente las cercanías. El acto atrapará a la conciencia (de ahí lo de “el desconocimiento de la ley no exime de su cumplimiento”).

No importa.


Escuchemos ahora a alguien que sí que sabía lo que se traía entre manos: san Agustín de Hipona (354-430), “Doctor de la Gracia” de alto predicamento durante siglos, quien se ocupó de mostrar y diagnosticar facetas varias del tema, en los textos morales De Mendacium

(‘De la mentira’) y Contra Mendacium (‘Contra la mentira’).

Dejando bien mandado que la mentira nunca, en ninguna circunstancia, será provechosa ni aceptable, porque, al ser impropia a la fe y la virtud, destruye el alma del embustero, puesquien opina que hay mentiras que no son pecado se engaña miserablemente a sí mismo, al pensar que procede honestamente engañando a los demásy la clasifica (a la mentira), para su estudio, en ocho tipos o avatares (listados a continuación, en gravedad de culpa descendente):

—mentiras en materia religiosa;
—mentiras que dañan injustamente a alguien y a nadie aprovechan;
—las que favorecen a uno pero perjudican a otro;
—las que se cometen por el placer de engañar, por el propio goce del embuste;
—las que pretenden agradar y endulzar, más a sí mismo que a la verdad;
—mentiras que a alguno perjudican y a alguno aprovechan (como cuando se miente a un ladrón, sabiendo bien dónde está el dinero del que quiere apropiarse);
—mentiras que no dañan a nadie y sí aprovechan a alguno, a costa de amar al próximo más que a uno mismo, lo cual va en contra de las Escrituras (y que, aun así, pueden ser compasivas, como cuando se usan para no entregar a un hombre al que buscan para darle muerte, sea inocente o no, en cuanto es cristiano suponer el arrepentimiento y la enmienda, y dejar oportunidad a ello); y
—las que no perjudican y evitan que alguien sea mancillado en su cuerpo (dejemos la explicación de esta así, que ya vamos cansados).
Y, con exhibición de algo tan raro como el sentido común, resumió:

Mintiendo uno, no habrá ya fe en nadie.

2. Revisión y proposiciones

Con “lo que se piensa”, por asociación, meteremos en acción la ciencia instrumental. Bien acotada la verdad, de tanto tenerla ahí enfrente sujeta, empieza uno a mirarla y luego a observarla y luego… ya se sabe, entra ese picor, irresoluto y compulsivo típico de los niños… no se sabe de dónde, ni cómo, sobreviene aquello de “¿y por qué será?”.

El número como ente empieza entonces a dibujar rotunda y preponderante realidad.

Hasta el momento, tentados por la (entonces) novedad, habrán de medirse dos dimensiones: tiempo y espacio. Según la ciencia, ambas medidas, como todo, son relativas.

Por ejemplo, si atendemos al tiempo, un europeo que, en el siglo XII, afirmó que la tierra es plana, diría indiscutiblemente (y no porque no quiera, como se dice, jugar con fuego) la verdad.

Si atendemos al espacio, son ciertamente higiénicos los yanomami de Amazonia cuando se comen las cenizas de sus muertos con el fin correcto de salvar sus almas.
Tomemos ejemplo de este gradual deslizamiento hacia el Método sobre la Razón, con la mención de otros dos ilustres.


Tomás de Aquino (h.1225-1274), también santo pero, como se ha visto entre los paréntesis, de aparición posterior (es de suponer posterior a exhaustivas discusiones y muchos congresos interinos con los de su clase social), vino a conquistar nuevas sumas laudatorias (como la de Doctor Angélico”) en filosofía y teología, con la preparación de un entramado constructivo favorable a la entrada del estudio sistemático, que tan cómodo sería pronto al poder de la ciencia.

En su obra titulada (definitivamente) Summa Theologiae (¿vale la pena traducir este nombre?), define con más claridad los límites del tema, considerando tres condiciones para el ser mismo de la mentira:

—lo dicho contrario a la mente,
—la voluntad de decir algo falso y
—la intención de engañar.

Asimiló también la clasificación de Agustín, agrupando sus categorías en tres (aquí ordenadas de mayor a menor culpabilidad):

—la mentira maliciosa, con el pernicioso interés de causar daño (en la enseñanza de la religión o contra los hombres; ya sea nociva para todos o de provecho para una de las partes; cometida por el propio goce vicioso de mentir)
—humorística, con el fin de divertirse (bromas para agradar), y
—la mentira oficiosa, con intención de utilidad (para conservar bienes; ayudar a otro o librarle de un mal; impedir el pecado de impureza corporal).

Y expresó su regulación (versión actualizada y ordenada) así:
Puesto que el hombre es un animal social, es una ley de la naturaleza que cada hombre debe al otro aquello sin lo cual la sociedad humana no podría subsistir; pero los hombres no podrían vivir en relación los unos con los otros si no tuvieran los unos con los otros una confianza fundada sobre el hecho de que ellos se dicen recíprocamente la verdad; y por esto, la virtud de veracidad presenta en ciertos aspectos el carácter de una deuda
[…]
La mentira es mala por naturaleza, porque es un acto que recae sobre materia indebida; pues siendo las palabras signos naturales de las ideas, es antinatural y fuera del orden debido, el significar por una palabra o gesto lo que no se tiene en el pensamiento.

Sin embargo, Tomás, aunque advirtió claramente del gran peligro que representa el desorden que trae la mentira, fue lo suficientemente listo para no caer víctima del rigor de sus ideas. En discusión consigo mismo, se abrió a la Piedad (el Amor) y, luego de considerar ciertas peculiaridades (no diremos contradicciones, sino contrastes, en las propias Sagradas Escrituras, como: las divergencias en los relatos de los cuatro evangelistas sobre el mismo hecho o la obtención de Jacob, con obra de engaño premeditado y alevoso, de la progenitura que correspondía a su hermano Esaú, bendición mediante), escribió también:

El hombre puede mentir lícitamente para evitar que uno cometa un homicidio y para salvar a otro de la muerte.

[…]
Se debe elegir el mal menor para evitar un mal mayor, como el médico amputa un miembro para que no se corrompa todo el cuerpo.

Si alguien promete algo con la intención de cumplirlo, no miente, no hay contradicción entre lo que piensa y lo que dice. Si no pone obra para cumplir, sí que peca, excepto que lo prometido fuera lícito, o hubieran cambiado las condiciones en que fue hecho el trato. (Dixit.)
Immanuel Kant (1724-1804), la gran figura de la Ilustración, eclosión triunfal de la estructura sinfónica de la razón como moral, por la acción discriminatoria de la experimentación y el desbordamiento de los contenidos, tampoco consideró lícita la mentira, “en ningún caso, ni para salvar la vida propia o una ajena inocente, porque si se generalizara esta máxima, se destruiría a sí misma.” (Grundlegung zur Metaphysik der Sitten, ‘Fundamentación metafísica de las costumbres’, 1785).

La veracidad es un deber que debe ser considerado como la base de todos los deberes que se fundan en un contrato, deberes que si toleran la menor excepción, su ley se vuelve cambiante y vana.

Estableció el estatuto de que el hombre no puede trascender su propia experiencia subjetiva, por lo que el Conocimiento estará siempre limitado: un experimento está definido por las condiciones en que es impuesto, y por tanto no puede tomarse como un hecho del cual extraer una ley natural. Habrán tres formas de la Verdad (como se verá, otra manera de enunciar nuestro propio esquema, susceptible de superponerse a él, u otro esquema que hemos hurtado para meter a empujones en este saco, según se mire, con soberbia o sin ella):

—verdad de hecho, “contingente y particular”, dependiente de y aplicable solo a la experiencia, nacida después de ella, por un juicio sintético donde “el predicado no está contenido en la noción del sujeto”, que cuenta poco;
—verdad de razón, existente “a priori”, necesaria y universal, un juicio analítico donde “el predicado está ya en la noción del sujeto”; y
—verdad científica, también previa, universal y necesaria, dependiente también de la experiencia pero solo aplicable a la experiencia, a los fenómenos, alcanzada mediante el juicio sintético y constituyente de “la estructura misma del conocimiento humano” (su favorita, al parecer).

3. Disolución y suplantación

En el plano ejecutivo, la mentira, como delito, terminará por debilitar (hasta acabar con ella) la moral, con lo que soliviantará toda organización más allá de una extenuante y cruel tiranía, tan infeliz para todos (bueno, eso se dicen los que, bajo tal situación, no ven otra cosa a su alrededor).

El valor de la Palabra (tan bastante y poderosa en su inicio, según el libro Génesis, para generar el Mundo entero –algo verosímil, o cuando menos aceptado, para tantas generaciones), de ser suficiente (ay, cada vez menos) en sí mismo para cerrar un trato y regular los intercambios, fue pasando, de ir contemporizando (primero) con el método la contabilidad, base de la confianza (desde siempre) para el gremio de los comerciantes (pero ya se sabe… los expulsaron… y no se quieren nunca quedar dados… su arma es la paciencia y el subterfugio…), hacia la actual devaluación a favor del documento escrito, comprobado a través de la mayor cantidad posible de otras palabras y sellos evaluados por la razón que convence: el dinero, siempre en vigilante alerta para controlar la superpoblación.


Ahora, con lo exigente que es ser fiel a la verdad, cada vez esto se hace más difícil, y más fácil evadirla. Lo hacen ya, aprovechándose de su irresponsabilidad jurídica, los niños y los animales inferiores.

Para el resto, el ejercicio de represión puede ser extenuante.

Tan extendida y tácitamente reconocida está la desviación del compromiso constante hacia la traición y la trashumancia desde las interiores moradas, que la organización costumbrista actual, tan práctica (para quién sirve y es práctica esa práctica es ya otro tema, lo que se llamaría “vaya tela”), ha acuñado el adjetivo presunto, tan popular y recurrente, exacto para decir y no decir, para esperar un veredicto sin estimar que llegue nunca, y aplacar el desasosiego con este bonico hallazgo formal de tahúr.


Lasciata ogni speranza es posible ejemplificar nuestro suspendido Apocalipsis, en la otra punta del hilo, con dos figurones de la disolución y el aplacamiento bajo presión sostenida, bajo furia en cámara lenta.
Friedrich W. Nietzsche (1844-1900), impone plenitud a una vorágine definitoria. Con rotunda confianza, lleva al extremo El Sistema, decretando ya la muerte de Dios, pasando toda carga al hombre…

En su caso particular de transición, aceptar esa carga formal construyó un destino insoportable: sus visiones de la tragedia sentimental (casi abstracta) y la magnificación centrípeta en tensión contra la escapada extensión de todo límite, evolucionaron, a través del conflicto, hacia la enfermedad física y la locura, hasta el suicidio...

Al apartar la ciencia del alma, pretendió iluminarla, y la cegó. Con respecto a la verdad y la mentira fue, como era su costumbre, tajante y suficientemente sobrado, pero conmovedoramente melodramático:

En realidad, ¿qué sabe el hombre de sí mismo?

¿Sería capaz de percibirse a sí mismo, aunque sólo fuese por una vez, como si estuviese tendido en una vitrina iluminada?

¿Acaso no le oculta la naturaleza la mayor parte de las cosas, incluso su propio cuerpo, de modo que, al margen de las circunvoluciones de sus intestinos, del rápido flujo de su circulación sanguínea, de las complejas vibraciones de sus fibras, quede desterrado y enredado en una conciencia soberbia e ilusa?
[…]


En un estado natural de las cosas, el individuo, en la medida en que se quiere mantener frente a los demás individuos, utiliza el intelecto y la mayor parte de las veces solamente para fingir, pero, puesto que el hombre, tanto por la necesidad como por hastío, desea existir en sociedad y gregariamente, precisa de un tratado de paz y, de acuerdo con este, procura que, al menos, desaparezca de su mundo el más grande bellum omnium contra omnes.

Este tratado de paz conlleva algo que promete ser el primer paso para la consecución de ese misterioso impulso hacia la verdad.

En este mismo momento se fija lo que a partir de entonces ha de ser “verdad”, es decir, se ha inventado una designación de las cosas uniformemente válida y obligatoria, y el poder legislativo del lenguaje proporciona también las primeras leyes de verdad, pues aquí se origina por primera vez el contraste entre verdad y mentira.

El mentiroso utiliza las designaciones válidas, las palabras, para hacer aparecer lo irreal como real; dice, por ejemplo, “soy rico” cuando la designación correcta para su estado sería justamente “pobre”.

Abusa de las convenciones consolidadas haciendo cambios discrecionales, cuando no invirtiendo los nombres.

Si hace esto de manera interesada y que además ocasione perjuicios, la sociedad no confiará ya más en él y, por este motivo, lo expulsará de su seno. Por eso los hombres no huyen tanto de ser engañados como de ser perjudicados mediante el engaño; en este estadio tampoco detestan en rigor el embuste, sino las
consecuencias perniciosas, hostiles, de ciertas clases de embustes.
[…]


La omisión de lo individual y de lo real nos proporciona el concepto del mismo modo que también nos proporciona la forma, mientras que la naturaleza no conoce formas ni conceptos, así como tampoco ningún tipo de géneros, sino solamente una x que es para nosotros inaccesible e indefinible.

También la oposición que hacemos entre individuo y especie es antropomórfica y no procede de la esencia de las cosas, aun cuando tampoco nos aventuramos a decir que no le corresponde: en efecto, sería una afirmación dogmática y, en cuanto tal, tan demostrable como su contraria.


¿Qué es entonces la verdad? Una hueste en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente y que, después de un prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes; las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son; metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible, monedas que han perdido su troquelado y no son ahora ya consideradas como monedas, sino como metal.
[…]
Como hemos visto, en la construcción de los conceptos trabaja originariamente el lenguaje; más tarde la ciencia.
[…]
Hay períodos en los que el hombre racional y el hombre intuitivo caminan juntos; el uno angustiado ante la intuición, el otro mofándose de la abstracción; es tan irracional el último como poco artístico el primero.

Ambos ansían dominar la vida: éste sabiendo afrontar las necesidades más imperiosas mediante previsión, prudencia y regularidad; aquél sin ver, como “héroe desbordante de alegría”, esas necesidades y tomando como real solamente la vida disfrazada de apariencia y belleza.

Allí donde el hombre intuitivo, como en la Grecia antigua, maneja sus armas de manera más potente y victoriosa que su adversario, puede, si las circunstancias son favorables, configurar una cultura y establecer el dominio del arte sobre la vida; ese fingir, ese rechazo de la indigencia, ese brillo de las intuiciones metafóricas y, en suma, esa inmediatez del engaño acompañan todas las manifestaciones de una vida de esa especie.
[…]
Mientras que el hombre guiado por conceptos y abstracciones solamente conjura la desgracia mediante ellas, sin extraer de las abstracciones mismas algún tipo de felicidad; mientras que aspira a liberarse de los dolores lo más posible, el hombre intuitivo, aposentado en medio de una cultura, consigue ya, gracias a sus intuiciones, además de conjurar los males, un flujo constante de claridad, animación y liberación.

Es cierto que sufre con más vehemencia cuando sufre; incluso sufre más a menudo porque no sabe aprender de la experiencia y tropieza una y otra vez en la misma piedra en la que ya ha tropezado anteriormente. Es tan irracional en el sufrimiento como en la felicidad, se desgañita y no encuentra consuelo.

¡Cuán distintamente se comporta el hombre estoico ante las mismas desgracias, instruido por la experiencia y autocontrolado a través de los conceptos! Él, que sólo busca habitualmente sinceridad, verdad, emanciparse de los engaños y protegerse de las incursiones seductoras, representa ahora, en la desgracia, como aquél, en la felicidad, la obra maestra del fingimiento; no presenta un rostro humano, palpitante y expresivo, sino una especie de máscara de facciones dignas y proporcionadas; no grita y ni siquiera altera su voz; cuando todo un nublado descarga sobre él, se envuelve en su manto y se marcha caminando lentamente bajo la tormenta.

Y, para cerrar el desfile, el más extremo de los convocados, uno de los más significativos hombre-espectáculo del siglo pasado, el polifacético Jean-Paul Sartre (1905-1980), de estilismo cruel y áspero:

Las cosas son en su totalidad lo que parecen, y detrás de ellas… no hay nada.
[…]


Todo lo que existe nace sin razón, se prolonga por debilidad y muere por casualidad.

El hombre es una pasión inútil.
[…]


La mala fe es esencial a la realidad humana y tal que la conciencia, en lugar de dirigir su negación hacia fuera, la vuelve hacia sí misma. […] La mala fe es una mentira a sí mismo que une, en un único concepto, una idea y su negación.

Como todos los soñadores, confundí el desencanto con la verdad.
No seré yo quien juzgue su valor o utilidad, si están sobrevalorados, incomprendidos o archivados con estupor y algo de desidia, todos estos (y tantos otros) ilustres pensadores productores de doctrina.

¿Qué hemos de hacer nosotros, el resto que nos deslizamos en el perezoso anonimato (si bien poco conocidos, según puede apreciarse con los medios a nuestro alcance, ventajosamente vivos)?

Seremos barridos como polvo por la historia, claro que sí.

Pero, ¿debemos hacer algo?

¿Estamos omitiendo algún deber?

El Gran Secreto sobrevendrá, independiente a cómo nos coja.

Confesados, aturdidos o furiosos.

Desprevenidos. Divertidos.

Solos y románticamente abanicados por el viento en una montaña (¿practicando alpinismo?).

Sofocados con la prisa referencial por alcanzar la razón.

Abandonados a la gula de los sangrientos pecados (y a la mentira). Sumergidos en el río transparente de las lágrimas más calientes…

¿Algo podrá salvarnos de nosotros mismos, del peso de nuestro pasado?
Ay, querido lector, quizá a estas alturas creas que todo este prólogo (lo hayas leído, sabe Dios por qué motivo, o hayas mariposeado entre las líneas) es una tomadura de pelo, una engañifa, un… ¿embuste?

Bueno, se ha de admitir que, en este caso extremo (disuelto el resultado de algún que otro empeño peregrino), habrán sido párrafos apropiados al tema de este tomo.

Que lo han revuelto, han dispersado algunas de sus partículas (quizá os hayáis tragado alguna), han, precisamente, introducido el dicho tema.

Por afinidad, negación, carambola, sustancia, terapia conductista, oportunismo, devaneo, delirio. Prestidigitación, truco, escamoteo, triquiñuela…

Por asfixia o por estruendo, por astenia o por derroche.
Tal como pretende hacer esta selección de relatos, en modo alguno antología (líbreme y válgame…

Él… de pretensión tal). Haz de frescas espigas, patchwork voluntarioso, un estímulo, una inducción, una trampa galante.

No se busca cátedra sobre tema tan rico, esencial y peliagudo (que tanto ha significado para tanta gente durante tanto tiempo, fueren atrapados por la mentira, lucharan contra ella, engañasen a la mentira mientras se la comían entera, rebeldes sin consecuencia o doblados y anulados en espiral fetal).

Apenas soltar algunas amarras, hacer algunas cosquillas, dar algunos pasitos de baile, jugar a los cómicos.

Todo en estado natural, eh, sin convergencia o alteración química por el consumo de tóxico alguno que no fuera el aire luminario y el agua elemental.


Hallará, pues, a continuación, gentiles ingenios; algunos densos, otros coloridos.

Desde sabias parábolas orientales clásicas (sobre un chico perseguido por su portentoso destino en Historia de dos hermanos, o la materia del inconsciente viaje nocturno en El ciervo soñado) y fragmentos de edificantes e intencionadas fábulas medievales (contadas por la incierta Schéherezade a su vengativo Califa, el diligente maestro Petronio a su destacado Infante, el maestro Boccaccio travestido en fugitivos de la peste o una propia misma reina:

Marguerite de Navarre, a su mundo y corte), hasta las dardos hirientes con que R.L. Stevenson revisita el género. Desde clásicos de deliciosa inventiva de Cervantes o Perrault, a pastiches-mentira de ligera superficialidad como el cuento “de almanaque” de Mary Shelley.

De exaltación, ya sea en una poderosa y seca historia realista como La loba, como en un delirio fantasmagórico de Poe (con trama de la pérdida de identidad, una de sus recurrentes).

De pintorescas argumentaciones, como los brillantes discursos de Mark Twain u Oscar Wilde, a bellas joyas, como la leyenda sentimental de Bécquer o la sádica maquinación de Villiers de L’Isle Adams. Mentiras por despecho (El marinero de Ámsterdam), por pura incapacidad irracional para reconocer o limitar “lo real” (Una merienda de locos), por usura (La paella del prócer), por soberbia (Empédocles), por vanidad (La ninfa).

Engaños desesperados, arrebatados, contra un enemigo, en el cumplimiento del deber (El aya) o inertes contra sí mismo, incapacitados por el hábito del dolor (Vida de Ma Parker). Mentiras por la busca de la palabra escrita (Onetti a las seis).

Secuestro por lujuria (El eunuco de mármol).

Adulterios (El solitario, El testigo).

Engaños por oficio de abogado (El asesino), por horror de parásito (Vampiro) o artes de demonio (Beatriz).
Le deseamos buenos y entretenidos momentos en esta compaña.

Ya verá. Luego nos cuenta.

Rogelio Quintana

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