Cuando era más joven, uno de mis amigos me habló de un extraño libro que había leído, se había interesado en él porque era un libro que había obsesionado al hombre que mató a John Lennon, y a un par de asesinos más, pero al final había resultado que era un libro muy aburrido y algo absurdo. Era una novela sobre las malas experiencias de un tipo adicto a las drogas o algo así, yo no leí el libro en ese entonces porque él dijo que era malo y lo devolvió a la biblioteca sin prestármelo, así que no sé si de verdad era malo o no, pero me dijo que el mensaje del libro estaba explicado en un párrafo, en el que básicamente el protagonista le daba nombre al libro, diciendo que él ve el mundo como un campo de centeno, al borde de un abismo, y en él hay niños jugando y corriendo, y ellos no saben del abismo, así que los guardianes como él, que conocían del abismo, estaban ocultos en el centeno, cuidando a los niños, vigilando que no se acercaran al abismo, listos para atraparlo e impedir que se cayeran.

Nunca volví a pensar en El guardián entre el centeno, hasta que conocí a Švejk, y con el tiempo me pregunté si sería uno de los guardianes de los que hablaba el libro.

Al principio no parecía una persona muy grata, se comportaba como si no le importara nada, y en ocasiones podía ser un poco cruel, hablando siempre con desinterés, diciendo a los demás abiertamente que no le hablen, o que no le agradaban. Pero por buena o mala fortuna, yo le agradaba, y así pude darme cuenta que, además de actuar como granuja, también era inteligente, había estudiado una ingeniería militar, y se le daban muy bien las matemáticas avanzadas, además era muy elocuente, le gustaban los juegos de palabras, escribía poesía y me animó a escribir también, aunque nunca pude hacer versos como los suyos. De pronto nos habíamos hecho amigos, y éramos tan cercanos que no podía sentirme bien si pasábamos mucho tiempo sin hablar.

Un día pensé en lo que me había dicho mi amigo sobre el libro del guardián entre el centeno. Había conocido a Švejk en uno de los peores momentos de mi vida, y no importaba qué tan imbécil intentaba parecer, o qué tan mal la estaba pasando, siempre que hablábamos me hacía reír y terminaba haciéndome sentir bien, y sé que intencionalmente me hacía saber que me acompañaba, a pesar de todo. Pensé que tal vez era muy evidente que estaba corriendo entre el centeno sin saber del abismo y Švejk me había atrapado.

Entonces le conté lo que pensaba y me dijo que era demasiado torpe hacerle una referencia de un personaje de un libro que no había leído, y que si estuviera en sus manos me animaría a saltar y a hacer una pirueta mientras caía, porque el libro no habla de guardianes, en plural, que ya estuvieran por ahí comiendo centeno y atrapando niños, sino de que el protagonista deseaba convertirse en ese guardián para los demás, para que no cometan sus errores. Iba a decirle a Švejk que justamente había sido una especie de guardián para mí cuando cambió de tema, no volvimos a hablar de eso y no quise mencionarlo de nuevo, en realidad era algo incómodo de decirle a alguien.

Švejk era una persona difícil, y un poco extraña, pero era admirable y quería estar a su lado, quería aprender todo lo que tuviera que enseñarme. Quería saber cómo hacía la métrica exacta de sus poemas en arte mayor, y ver cómo entintaba sus planos dibujados a mano. No sé si me hacía desear ser tan talentoso yo mismo, o sólo quería escuchar su voz recitando, o ver sus manos mientras trabajaba.

En ocasiones me parecía como si fuera una fuerza de la naturaleza, como los temas recurrentes de sus poemas, algo entrañable, pero que no puede ser comprendido, como la poesía del viento entre los árboles, el bosque profundo, las amapolas rojas, o las formas perfectas en los copos de nieve. Tal vez más como un viejo lobo que vive sólo en las entrañas del bosque, que ha pasado una larga vida resistiendo, pero que sin embargo no puede enseñarle a cazar a una persona.

Un tiempo después me regaló el libro del que le había hablado, estaba sin celofán y tenía escrito todo el reverso de la portada, con la caligrafía cursiva de Švejk. Aunque su mensaje estaba lleno de sarcasmo, entre líneas podía ver el buen humor con el que fue escrito, nunca nadie había hecho algo tan especial para mí.

Švejk era difícil de entender, incluso después de pasar tanto tiempo juntos, pero me hizo sentir bien que alguien así se interesara por mí, y me provocara ese sentimiento de estar siendo cuidado, no por un viejo lobo que ha decidido pasar el resto de su vida apartado en soledad, en las estepas más profundas, sino como un perro dulce y leal, que además de ser tan listo es un buen guardián.

Cuando Dios creó a Švejk puso a su soldado más valiente en el cuerpo más hermoso, suave y femenino.

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