Andaba por la vida abandonada por sí, lloviendo tristeza en un rincón desconocido...

Andaba por la vida abandonada por sí, lloviendo tristeza en un rincón desconocido. Agazapada en el confort, en el miedo, en las excusas. Suplicandole al infierno que la quemara, que se la llevara. Que ya no se sentía plena, que el destino que estaba viviendo no le pertenecía. Que la vendía, sí, ella vendía su vida porque se sentía baldía, y a cambio recibía dolencias sin fecha de vencimiento que prolongaban su sufrimiento.
Su presidio fue su propia mente y para eso no hay ejército ajeno que pueda bajar del trono al rey de la irracionalidad mental. Despiadado, así era el rey. Ella le dió el poder de enloquecerla y sólo ella puede destronarlo.
A veces se sentía sucumbir y para no desfallecer se sentaba con aferro a las inconsistentes barras de la esperanza. Pedía sus tres o hasta diez tragos de valor y serpenteando volvía a su casa. Esa que cotidianamente la mataba un poquito más.
Yo la admiré siempre. Por su capacidad de sufrir tan silenciosamente y guardar compostura cuando se encontraba en absoluta agonía su ser. Pero nunca se me acabó la conmiseración, era evidente y ella creía que no.
Por suerte, un rayo de luz pudo atravesar el hermetismo necro y despiadado que genera la mala mentalidad y la baja autoestima. Ahora, su ser está en proceso de sanación. Ahora ella puede mirarse al espejo y verse como la reina de su mentalidad. Puede ver más allá que sólo el reflejo y entender que ser imperfecto es hermoso. En ella ha nacido amor, amor del propio. Amor del verdadero.
DANALÚ.

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Comentario por Martina el mayo 2, 2021 a las 6:33pm

Andaba por la vida abandonada por sí, lloviendo tristeza en un rincón desconocido. Agazapada en el confort, en el miedo, en las excusas. Suplicandole al infierno que la quemara, que se la llevara. Que ya no se sentía plena, que el destino que estaba viviendo no le pertenecía. Que la vendía, sí, ella vendía su vida porque se sentía baldía, y a cambio recibía dolencias sin fecha de vencimiento que prolongaban su sufrimiento.
Su presidio fue su propia mente y para eso no hay ejército ajeno que pueda bajar del trono al rey de la irracionalidad mental. Despiadado, así era el rey. Ella le dió el poder de enloquecerla y sólo ella puede destronarlo.
A veces se sentía sucumbir y para no desfallecer se sentaba con aferro a las inconsistentes barras de la esperanza. Pedía sus tres o hasta diez tragos de valor y serpenteando volvía a su casa. Esa que cotidianamente la mataba un poquito más.
Yo la admiré siempre. Por su capacidad de sufrir tan silenciosamente y guardar compostura cuando se encontraba en absoluta agonía su ser. Pero nunca se me acabó la conmiseración, era evidente y ella creía que no.
Por suerte, un rayo de luz pudo atravesar el hermetismo necro y despiadado que genera la mala mentalidad y la baja autoestima. Ahora, su ser está en proceso de sanación. Ahora ella puede mirarse al espejo y verse como la reina de su mentalidad. Puede ver más allá que sólo el reflejo y entender que ser imperfecto es hermoso. En ella ha nacido amor, amor del propio. Amor del verdadero.
DANALÚ.

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